El guardameta deja el Real Madrid después de dieciséis temporadas de blanco
Toca decir adiós a uno de los grandes nombres de la historia contemporánea del Real Madrid. Iker Casillas, guardameta del conjunto blanco durante las últimas dieciséis campañas, deja el Club para seguir jugando en las filas del Oporto. El jugador aún tenía dos años de contrato con el Madrid, pero la entidad y el jugador han llegado a un acuerdo económico para dar por finalizada la unión entre ambas partes. Ayer por la noche se hizo público el comunicado que confirmaba, ya de manera oficial y después de varios días de tensas negociaciones, la marcha del guardameta.
Se va el mejor portero que he visto bajo los palos en el Santiago Bernabéu, con sus virtudes y sus defectos, que también los tiene. Sus intervenciones nos salvaron durante años de muchos goles. Sus reflejos bajo los palos le llevaron a convertirse en el mejor portero del mundo y a levantar títulos con el Real Madrid y con la Selección.
Pero, es ley de vida, todo lo que empieza acaba. Durante estos últimos años su nivel ya no era el mismo y su rendimiento bajó muchos enteros. Soy de los que piensa que Iker Casillas ha gestionado muy mal el final de su carrera deportiva.
Siempre ha estado sobreprotegido por la prensa, que le ha dedicado halagos muchas veces innecesarios y en ocasiones hasta empalagosos. Incluso cuando sus actuaciones no eran las más brillantes. Quizás por eso no haya aceptado que sus mejores momentos ya habían pasado y que tocaba echarse a un lado para dejar paso a otros.
Illgner fue un grandísimo portero. Pero cuando Casillas llamó a la puerta del primer equipo tuvo que aceptar quedarse en un segundo plano. El alemán también era Campeón del Mundo y Campeón de Europa, pero aquello no le garantizaba la titularidad. Ni a él ni a otros de los porteros que han compartido vestuario con Casillas a lo largo de todos estos años.
Los halagos a Casillas por parte de muchos periodistas ha rayado el menosprecio hacia sus compañeros en numerosas ocasiones. Desde César a Diego López han sido varios los guardametas que han podido sentirse heridos en su orgullo pese a defender el mismo escudo y la misma camiseta que Casillas. Por supuesto que el jugador no tiene la culpa. Pero sí que la tiene su, digamos, 'entorno'. Un entorno con el que el futbolista ha tenido una relación de excesivo compadreo y que a ojos de numerosos aficionados no era la relación más adecuada con la prensa.
Iker Casillas no quería marcharse del Real Madrid. Quería cumplir los dos años que le quedaban de contrato. ¿Pero cómo afectaría al Club tener en la suplencia a un jugador como él?
Es cierto que Casillas nunca hizo declaraciones públicas solicitando la titularidad o reclamando jugar. Tampoco le hacía falta, todo hay que decirlo. Otros lo hacían por él. Desde los medios de comunicación numerosos periodistas han clamado al cielo cuando el madrileño no jugaba. Especialmente desagradable fue el periodo en el que José Mourinho relegó al banquillo al guardameta en favor de otro portero. Tanto Adán como Diego López eran canteranos y jugadores del Real Madrid, no lo olvidemos. Y entre las responsabilidades de un entrenador está la de elegir a los jugadores que considera más en forma para jugar. Por el bien del equipo y de la entidad. Siempre bajo sus criterios técnicos. Para eso se le paga.
La polémica generada por la suplencia de Casillas no le hizo ningún bien ni a Casillas ni al Real Madrid. Y ahí había un problema que tenía todos los visos de seguir vigente mientras el portero estuviese en el Club. ¿Por qué las decisiones técnicas no han sido respetadas desde los medios de comunicación con naturalidad?
Ante tal panorama, entiendo que desde el Club se haya buscado una solución. Y la solución era, utilizando una expresión coloquial, 'cortar por lo sano'. Casillas podía haberse negado a marcharse. Tenía un contrato firmado y estaba en su derecho. Por cierto, espero que desde el Club se tenga esto en cuenta de cara al futuro y se tome nota de lo que hay que hacer con los absurdos contratos vitalicios que acaban suponiendo desembolsos de dinero por futbolistas que están en el ocaso de sus carreras deportivas.
No ha habido homenaje para el jugador. Sin lugar a dudas, Casillas se lo merecía por toda su larga trayectoria en el Club. En lugar de eso, hoy 12 de julio de 2015 el futbolista se ha despedido leyendo un comunicado en la sala de prensa del Santiago Bernabéu. Solo frente a los medios de comunicación, sin vídeos, sin trofeos, sin nadie del Club acompañándole... Y lo peor de todo es que ha sido él mismo el que lo ha querido así.
Me hubiera gustado que se hubiera producido de otra manera. Una despedida sobre el césped y en competición oficial. Al terminar una temporada. Y para eso, debería de haber sido el propio Casillas el que hubiera tomado la iniciativa de poner fecha a su salida del Real Madrid. Él mismo debería de haber dicho "hasta aquí hemos llegado, al finalizar la temporada dejo el equipo". No ha sido así. No lo ha elegido él. Le han tenido que enseñar la puerta de salida. Y eso, sinceramente, creo que queda feo.
El momento llega tarde y mal. A mediados de julio, a todo correr... Hace una o dos temporadas hubiese sido un buen momento para dejarlo y salir por la puerta grande. Sí, porque, por mucho que se quiera disimular y disfrazar, tengo la impresión de que sale por la puerta de atrás.
Lo siento mucho por los niños que actualmente tienen como ídolo a Casillas. Supongo que ahora sentirán la tristeza de ver cómo se va alguien al que admiran y al que tienen cariño. Fue lo que me pasó a mí en su día cuando mitos como Juanito, Santillana o Camacho dejaron la camiseta blanca o colgaron sus botas. O cuando, siendo algo más mayor, Butragueño, Míchel y compañía finalizaron sus respectivas etapas como jugadores del Real Madrid. Que guarden en sus memorias los mejores recuerdos posibles de sus ídolos.
Son momentos tristes. Pero la vida es así. Unos se van y otros vienen. Pasan los jugadores, los entrenadores, los presidentes... Pasamos hasta los aficionados. Y lo que queda es la camiseta blanca y el escudo. Nada más.
Sus números
Iker Casillas se marcha del Real Madrid habiendo disputado 725 partidos oficiales. 510 de Liga, 152 de Champions League, 40 de Copa, 13 de Supercopa 5 de Mundial de Clubes, 3 de la Supercopa de Europa y 2 de la Copa Intercontinental.
En su palmarés, impresionante, figuran 5 Ligas, 3 Champions League, 1 Copa Intercontinental, 1 Mundial de Clubes, 2 Supercopas de Europa, 2 Copas del Rey y 4 Supercopas de España. Con España ganó el Mundial de Sudáfrica de 2010 y las Eurocopas de 2008 y 2012. También fue Campeón del Mundo Sub-20 en Nigeria en el año 1999. Como jugador profesional ha ganado todos los títulos posibles tanto a nivel de clubes como de selecciones. Casillas ganó también el Trofeo Zamora al guardameta menos goleado de la Liga en la temporada 2007-08 y en el año 2000 recibió el Trofeo Bravo al mejor futbolista del fútbol europeo menor de 21 años.
Desde 'Historias del Real Madrid' deseo lo mejor para Iker Casillas en lo personal y en lo profesional. Ojalá le vayan bien las cosas en Portugal. Yo me quedo con todos los buenos momentos que nos ha brindado a lo largo de todos estos años con nosotros. Todos los títulos, tantos partidos, las paradas milagrosas... Muchas gracias y hasta siempre.
Texto íntegro de las palabras del ex portero del Real Madrid en su despedida
“En primer lugar, muy buenos días a todos, gracias por estar aquí y
acompañarme en este momento tan especial. Hoy he venido a este estadio, a
este gran estadio, para despedirme de todos vosotros y en especial de
los madridistas.
Como sabéis, desde ayer, dejé de pertenecer al Real Madrid y pasaré a
formar parte del Porto. Quiero deciros que la decisión de irme al Porto
se debe a dos motivos fundamentales. La primera, la ilusión que me han
transmitido el presidente, el director Antero y el entrenador Julen, que
nos conocemos desde hace tiempo y, sobre todo, al resto del equipo.
Y segundo, por las muestras de cariño que he ido recibiendo a lo largo
de que más o menos la gente podía saber ya que mi destino era Portugal. Y
en ese sentido, me han ganado y he estado muy feliz y muy contento.
Haré todo lo posible para no defraudarles y lucharé al máximo para
conseguir el mayor número de títulos posibles en mi nuevo equipo. Por
tanto, muchas gracias, Porto, por haber confiado en mí.
Y ahora sí, me quiero dirigir a todos los madridistas. Después de 25
años defendiendo el escudo del equipo más grande del mundo llega un día
difícil, este día, en mi vida deportiva. Decir adiós a esta institución
que, evidentemente, me lo ha dado todo. Parece que fue ayer cuando con
nueve años vestí por primera vez la camiseta del Real Madrid y vi
cumplido mi sueño. Durante este tiempo, todo este tiempo, hemos sufrido,
hemos reído, hemos llorado, hemos disfrutado juntos. Me he sentido
acompañado y muy querido, tantos en los buenos como en los malos
momentos.
Este club no sólo me ha enseñado a ser deportista, me ha formado como
persona, me ha ayudado a crecer, inculcándome los valores que defiende
su escudo: el respeto, el compañerismo, el compromiso y, sobre todo, la
humildad. He tratado siempre de reflejarlos allá donde he ido
representando al Real Madrid.
Hoy también quiero acordarme de manera muy especial de todos aquellos
compañeros con los que he formado parte cada temporada de las que he
estado aquí. A lo largo de estos años hemos vivido juntos momentos
únicos e irrepetibles. Compañeros con los que he formado una familia y
compartiendo lágrimas tanto de alegría como de tristeza.
Dejo grandes amigos y sé que esté donde esté siempre podré contar con
ellos al igual que ellos conmigo. También me quiero acordar de todos mis
entrenadores, desde los que tuve desde que empecé en el torneo social,
en el equipo Losada. Agradecer a Mezquita, que en paz descanse, que fue
la persona que me rescató para formar parte del benjamín fútbol 7 del
Real Madrid, hasta mi último entrenador, que ha sido Carlo Ancelotti.
Acordarme de todos ellos, de todos, porque de todos he aprendido muchas
cosas.
A sus cuerpos técnicos, que para mí también han sido parte fundamental
en este desarrollo y en mi carrera por llegar a formar parte del Real
Madrid y ser un jugador de fútbol. Porque todos ellos me han dado
consejos, me han transmitido compresión en los malos momentos. Y hemos
vivido muchas alegrías juntos, aparte de mucha experiencia y su
profesionalidad. De todos, todos, he aprendido muchísimo.
Por supuesto, a todo el personal, al que no se ve, que día a día hemos
estado formando parte de este Real Madrid y que me han apoyado siempre a
solucionar cualquier problema. No se les ve pero siempre están ahí.
Todo mi cariño a mis padres y a toda mi familia, que con su esfuerzo y
desvelos me ayudaron a emprender este camino, difícil pero muy bonito.
Y sobre todo, a mi mujer y mi hijo, porque día a día estarán a mi lado
compartiendo cada segundo de esta apasionante etapa de mi vida.
Y estas últimas líneas os la dedico en especial a todos vosotros, al
madridismo, que no conoce fronteras. Gracias por vuestro apoyo
incondicional desde que llegué con 18 años, por permitirme levantar cada
Copa, cada triunfo, por ser vuestro capitán durante cinco años. Por
acompañarme en los buenos y en los malos momentos. Por tenderme la mano y
tirar de ella para levantarme.
Hay una frase que siempre he dicho en alguna entrevista y la vuelvo a
repetir para que la gente se quede con ella: Por encima de recordarme
por ser un buen portero o un mal portero, sólo espero que la gente se
acuerde de mí por ser buena persona. Por tanto, gracias, gracias, miles
de gracias. Nunca os podré olvidar y estad seguros de que allá donde
vaya seguiré gritando: ¡Hala Madrid!"
La Selección se proclamó Campeona del Mundo el 11 de julio de 2010
Durante los últimos días había estado repasando en 'Historias del Real Madrid' lo que sucedió, futbolísticamente hablando, hace veinticinco años, durante el verano de 1990. El papel de la Selección de España en el Mundial de 1990 no dejó un buen sabor de boca y pocos seguramente imaginaron entonces que algún día seríamos Campeones del Mundo. Pero lo acabamos siendo. Veinte años después de Italia veríamos con nuestros propios ojos a un capitán del combinado español levantando el trofeo de la FIFA. Y ya han pasado cinco años de aquello.
Tal día como hoy, 11 de julio, pero del año 2010, la Selección española se impuso 1-0 a Holanda en la Final de la Copa del Mundo de Sudáfrica. España era Campeona y se coronaba para alegría de un país en el que el fútbol es el 'deporte rey'.
Atrás quedaban tantos tropiezos y tantas decepciones. El penalti de Eloy en México 1986, los octavos de final de Italia 1990, aquellos cuartos frente a Italia de Estados Unidos 1994 con Julio Salinas fallando en el momento más inoportuno y Luis Enrique sangrando del tabique, la rapidísima vuelta a casa en Francia 1998, el atraco a mano armada de Al-Ghandour en Corea-Japón 2002, Zidane sacándonos los colores una vez más en Alemania 2006... Y estoy hablando de lo que ha vivido mi generación. Si nos remontamos hacia atrás el panorama también es desolador. El ridículo en nuestro Mundial de España 1982, el gol de Cardeñosa en Argentina 1978, las ausencias de 1974 y 1970...
En el año 2010, sin embargo, España se presentaba con una gran Selección dirigida por Vicente Del Bosque y que venía de proclamarse Campeona en la Eurocopa de 2008 con Luis Aragonés, QEPD. A la Selección, desde luego, le habían ido mejor las cosas en la Copa de Europa de Selecciones, competición que ya había ganado en 1964 y en la que fue subcampeona en 1984. También en las categorías inferiores habíamos conseguido varios títulos y en las Olimpiadas se habían conseguido dos medallas de Plata en Amberes 1920 y Sidney 2000 y una de Oro en Barcelona 1992.
No sé por qué, siempre he tenido la sensación de que todos esos logros siempre se habían menospreciado. Y no lo entiendo, la verdad. Quizás la razón era que en la cita más prestigiosa, el Mundial, no habíamos terminado de dar la talla pese a contar en numerosas ocasiones con plantillas y jugadores muy potentes.
Nos faltaba hacer algo realmente gordo en un Mundial para terminar de consagrarnos. En un país como el nuestro, en el que se vive el fútbol de una manera tan intensa, nos faltaba ese gran título para ser tenidos en cuenta, de una vez por todas, como una potencia en este deporte. De verdad que creo que ya lo éramos, ojo. Pero faltaba el Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA para ponerlo encima de la mesa y decir: "Mirad, aquí está. Nosotros también somos Campeones del Mundo".
11 de julio 2010
Aquella espina nos la sacamos tal día como hoy de hace cinco años. Qué barbaridad, cómo pasa el tiempo de rápido. Es increíble. No tengo la sensación de que haya pasado ya media década de aquello. Si me acuerdo perfectamente de partidos de hace veinticinco y treinta años imaginaros lo que supone para mí recordar un encuentro de hace sólo cinco. Tengo la sensación de que fue hace... dos años como mucho. Pero no. El calendario no miente.
Quién sabe si volveremos a vivir un éxito similar. Teniendo en cuenta que se trata de una competición que se juega cada cuatro años no son tantas las ediciones que podremos vivir en nuestras vidas, por mucha suerte y salud que tengamos. De ahí la importancia del evento y el privilegio de haber podido presenciar una cosa así. Los futboleros, y me atrevería a decir que los no futboleros también, recordaremos siempre dónde, cómo y con quién vimos aquel Holanda-España.
En ese partido celebré por primera y única vez en mi vida un gol de Iniesta. Pero es que aquel día todos íbamos con la camiseta roja. Por allí estaba un cuerpo técnico plagado de técnicos salidos del Real Madrid, con Vicente del Bosque y Toni Grande a la cabeza. Y con Casillas, Arbeloa, Xabi Alonso, Sergio Ramos y Raúl Albiol como representantes del conjunto blanco.
El 11 de julio de 2010 dimos un puñetazo encima de la mesa y dijimos: "Aquí está la copa. Somos Campeones del Mundo". Al igual que Brasil, Alemania, Italia, Argentina, Uruguay, Inglaterra o Francia. España merecía estar entre ese grupo de campeones.
Cuando las cosas empezaron a cambiar...
El verano de 1990 marcó un antes y un después de mi percepción personal del fútbol. Es curioso, pero el paso de la infancia a la adolescencia también supuso que empezara a ver las cosas de otra manera también en el mundo del balompié que tanto me había entusiasmado desde bien pequeño.
Al mismo tiempo, en aquel verano de hace veinticinco años, hubo cambios en la plantilla del Real Madrid que, con el paso del tiempo, se confirmaron como muy poco acertados. A las bajas de Schuster y Martín Vázquez se unieron las del meta Agustín, que dejaba el Real Madrid tras diez temporadas en el primer equipo, Esteban, que recalaba en el Zaragoza, Julio Llorente, que ficharía por el Tenerife, y Óscar Alfredo Ruggeri. El capítulo de altas estuvo compuesto por el rumano Hagi, Villarroya, Pedro Jaro, Luis Milla y el yugoslavo Predrag Spasić. Los canteranos Santi Aragón y Juanjo Maqueda se quedaban en el primer equipo tras volver al Club después de un año cedidos en el Logroñés. Ambos ya habían debutado con el Madrid en la temporada 1987-88.
Sin lugar a dudas, las bajas de Martín Vázquez y Bernd Schuster pesaron más de lo que debían pensar desde el club y Spasić no recuerdo que mejorara en nada a Ruggeri. Más bien al contrario. El central yugoslavo, que se había enfrentado a la Selección de España en el Mundial de Italia en aquel fatídico partido para los nuestros, no ofreció las prestaciones que se le presuponían. Para colmo, su jugada más recordada de la única campaña que vistió la camiseta blanca fue un autogol en el Nou Camp con el que acabó de cabar su propia tumba como jugador blanco. La verdad es que tuvo muy mala suerte con nosotros.
El resto de nuevas incorporaciones, además, no terminaron de cuajar. A Hagi le costó adaptarse a España y aunque su segunda temporada en el Madrid fue fabulosa, en su primera campaña no terminó de funcionar hasta la llegada de Radomir Antić. Villarroya era un jugador voluntarioso y trabajador, pero creo que le faltaba nivel para brillar en el Madrid. Pedro Jaro era un buen portero, pero salvo algunos partidos y algunos breves periodos de tiempo, siempre estuvo a la sombra de Paco Buyo que, curiosamente, en los años noventa vivió una segunda juventud convirtiéndose en pilar básico del Real Madrid.
Y Luis Milla tuvo una mala suerte terrible. El turolense, que abandonó el Barcelona para jugar en el Bernabéu, no llevaba ni tres semanas como madridista cuando, en plena pretemporada, se destrozó la rodilla. "Rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda y menisco", señalaba el parte médico de un jugador al que perdíamos prácticamente para toda la temporada pese a las esperanzas que había depositadas en él para llevar la batuta de juego del conjunto de Toshack. Reapareció en la recta final del campeonato.
Tiempos duros
Aquella lesión, sin duda, fue un mal augurio de lo que sería aquella temporada 1990-91 en la que iniciaríamos un periodo de vacas flacas que se prolongaría hasta que en 1995 volvimos a ganar la Liga. Por el medio, títulos esporádicos y palos. Muchos palos. Demasiados, diría yo. Creo que alguna vez ya he comentado que el Madrid de inicios de los noventa murió de éxito. Después de cinco años en los que no encontramos rival en el campeonato español, la sensación debía de ser la de que, se hiciese lo que se hiciese, las cosas saldrían bien. Se demostró que no era así, claro. Y nos dimos cuenta por las malas.
En lo personal, recuerdo que incluso aquella temporada 1990-91 no sufrí tanto el hecho de que se dejara de ganar la Liga. No me gustó, claro. Pero quizás después de cinco años seguidos de triunfos no había tanta urgencia de títulos. Quizás aquello venía bien para motivarse de nuevo y volver con fuerza de cara a la temporada 1991-92. Con lo que no contaba yo era con que las cosas terminarían saliendo tan mal. Aquella primera Liga perdida en Tenerife me hizo llorar por primera vez en mi vida a causa del fútbol. Ahí sí que fue cuando cambié definitivamente como aficionado. Tenerife lo cambiaría todo para mí. Hasta el verano de 1990 me había tomado el fútbol como tenía que tomármelo, como una afición, una distracción y un entretenimiento. No me tomaba a mal las derrotas. Ni siquiera las de la Copa de Europa, que tantos lamentos provocaban en la prensa y que tan mal se tomaban los aficionados "mayores". Pero a partir de 1990, empecé a verlo de otra manera. Las críticas contra el equipo empezaron a dolerme y a sentarme mal. Los comentarios de mi padre, a los que hacía caso omiso durante mi infancia, empezaron a dolerme. Y las derrotas, por supuesto, también empezaron a dolerme. Los años de éxitos y esplendor de la Quinta del Buitre se quebraron con la llegada de la década de los noventa y empecé a desarrollar el 'Síndrome del Transworld Sport' que ya expliqué aquí en su día. Aquellos primeros años de la década de los noventa fueron muy duros para los aficionados. Las derrotas, los títulos que se escaron en los últimos minutos, decisiones erróneas como aquel cese de Radomir Antic...
Sin embargo, de aquellos malos tiempos salió reforzado mi espíritu madridista. Cuanto más nos criticaban, más orgulloso me sentía. Cuantos más palos nos daban, más madridista me sentía. Cuanto más reían de nosotros, más ganas tenía de que ganáramos... Cuando perdíamos, más ganas tenía de que nos volviésemos a levantar. Es muy fácil ser hincha de un equipo cuando gana. Pero hay que estar a las duras y a las maduras. Al fin y al cabo, y no lo olvido nunca, cuando empecé a seguir al Real Madrid, ni el Club ni el equipo atravesaban su mejor momento. El primer lustro de los ochenta tampoco fue fácil para los madridistas y fue entonces, en la temporada 1983-84, cuando comencé a seguir al equipo. Lo más fácil hubiera sido haberme hecho del Athletic Club, que era quien dominaba la Liga. O del Barcelona, que fue quien tomó el testigo en la campaña 1984-85. Le hubiera dado una alegría a mi padre, además. Pero no. Había tomado el camino menos fácil en aquellos momentos y me hice de "los de la camiseta de Zanussi".
Y elegí bien. Ya algo más de tres décadas después de aquello, me sigo sintiendo muy orgulloso. Hasta en los malos tiempos, que los habido. Como aquellos que empezaron en el verano de 1990. Y es que, en el deporte, no siempre se gana.
A la baja de Martín Vázquez se sumó la del futbolista alemán
Recordaba ayer en 'Historias del Real Madrid' la marcha de Rafael Martín Vázquez del Club en el inicio de su aventura por el fútbol italiano de cara a la campaña 1990-91. Por desgracia, aquella no fue la única baja sensible de aquel equipo que había arrasado en la temporada 1989-90. El siguiente en coger la puerta de salida fue otro de los pesos pesados del vestuario: Bernd Schuster.
Si bien es cierto que, como contaba ayer, la marcha de Martín Vázquez fue algo que se intuía y que se barajaba ya en los medios de comunicación durante semanas antes de concluir la Liga, lo de Schuster fue algo que me pilló por sorpresa. El desenlace de aquella 'historia' fue absurdo y se originó bien lejos del Santiago Bernabéu. Al otro lado del Atlántico.
La gira americana
La temporada 1989-90 había concluido la primera semana de mayo al finalizar la Liga. Quedaba un mes para el comienzo del Mundial de Italia, demasiado tiempo de inactividad para los jugadores que no habían sido convocados por sus respectivas selecciones. Aprovechando las circunstancias el Club organizó una gira por tierras americanas que llevaría al equipo blanco a jugar en países como México y Estados Unidos.
La expedición estaba compuesta por los miembros de la primera plantilla que no jugaban el Mundial, es decir, Buyo, Agustín, Lopetegui, Solana, Tendillo, Gordillo, Schuster, Parra, Aldana, Hugo Sánchez, Losada y Paco Llorente. Junto a ellos, acudieron canteranos del Castilla, algunos de los cuales ya habían debutado en el primer equipo. Se trataba de los jóvenes Antón, Maqueda, López Martín, Aragón, Vílchez, Urzaiz y Aguilá. Vílchez, Aragón y Maqueda habían regresado de su año de cesión en el Logroñés.
Y allí, en el continente americano, fue donde se rompieron las relaciones entre el Real Madrid y Bernd Schuster. El jugador aseguraba tener una lesión de espalda y prefería quedarse en Madrid para recuperarse de la dolencia. Desde el Club se llegó a afirmar que Schuster no quería acudir a la gira enfadado por la negativa de la entidad a permitir que la familia del jugador le acompañase durante aquel viaje. Sea cual fuese el motivo real, lo que pasó es que Schuster declaró desde Estados Unidos en un programa de radio que quería abandonar el Real Madrid al término de su contrato. Le quedaba un año por delante, la temporada 1990-91. En el Madrid, por lo visto, aquello no sentó bien.
La situación de Schuster era compleja al ocupar plaza de extranjero. El Real Madrid negociaba a finales de mayo la contratación del rumano Hagi por lo que había que liberar una ficha de extranjeros. Con Hugo Sánchez como Bota de Oro y estrella del equipo y el buen rendimiento de Schuster, la lógica hacía pensar que sería Oscar Ruggeri el que tenía todos los boletos para marcharse. Por lo visto, Toshack no estaba muy satisfecho con el argentino.
Sin embargo, la polémica generada por Schuster abría un nuevo panorama. El del cambio Hagi por Schuster. Esta opción tomó fuerza cuando el técnico John Toshack le comunicó al jugador en Estados Unidos que no contaba con él para la siguiente campaña y le recomendó que buscara otro equipo. Sin embargo, el alemán no quería ser traspasado. Quería cumplir su contrato en el Madrid y marcharse después.
Adiós a Schuster
La situación se resolvió en Madrid, a la vuelta de aquella gira en la que, además, el futbolista no llegó a jugar ni un solo minuto con el equipo. El jueves 7 de junio de 1990 Ramón Mendoza y Bernd Schuster llegaron a un acuerdo amistoso por el que ambas partes quedaban desvinculadas del año de unión que aún tenían por delante. El alemán recibió una importante suma de dinero y la carta de libertad. Era menos de lo que hubiera cobrado quedándose en el Madrid, pero teniendo en cuenta que Toshack decía que no contaba con el jugador y ante la posibilidad de estar un año en la grada, coger el dinero y quedar libre para negociar con otro club era una buena solución. Una buena solución para el futbolista, claro...
Aquello fue un error. Nos desprendimos de un jugador fabuloso por orgullo y cabezonería de todas las partes implicadas. El que salió beneficiado de todo aquello fue Jesús Gil, el presidente del Atlético de Madrid, que sondeó el fichaje del alemán aunque finalmente no llegaron a un acuerdo. Pasó el verano, se inició la campaña 1990-91 y Schuster, con 30 años, se encontraba libre y sin equipo. Algo increíble. Finalmente, en el mes de octubre, Gil volvió sobre sus pasos y terminó haciéndose con los servicios de Bernd Schuster. Durante tres temporadas el centrocampista rindió con su nivel habitual demostrando que el Madrid había metido la pata hasta el corvejón deshaciéndose de él.
Recuerdo con impotencia ver cómo Schuster jugaba como los ángeles en la acera de enfrente, con su dominio de balón, su manera de dirigir el centro del campo de su equipo, sus milimétricamente precisos pases largos, sus lanzamientos de falta, sus goles... Vamos, lo que le habíamos visto hacer con la camiseta blanca durante las temporadas 1988-89 y 1989-90.
Bernd Schuster jugó 88 partidos oficiales con el Real Madrid y anotó 16 goles en aquellas dos campañas como jugador merengue, diez en la primera y seis en la segunda. Ganó dos Ligas, una Copa del Rey y dos Supercopas de España, una de ellas la correspondiente al doblete de la temporada 1988-89. En la temporada 2007-08 regresó al Real Madrid como entrenador para ganar la Liga y la Supercopa 2008-09.
En el verano de 1990 el jugador madrileño recaló en el fútbol italiano
Con la eliminación de España del Mundial de 1990, Rafael Martín Vázquez no se despidió de Italia. De hecho, jugaría en el fútbol italiano durante las siguientes dos temporadas. Durante las campañas 1990-91 y 1991-92 el madrileño vivió en Turín formando en las filas del Torino.
A finales de los ochenta y durante los años noventa la Liga italiana estaba considerada como la más potente de Europa. Los clubes italianos coleccionaban títulos europeos y numerosas estrellas del balompié de la época terminaban recalando en el Calcio. Platini, Rummenigge, Maradona, Gullit, Van Vasten, Matthäus, Brehme, Klinsmann... La espectacular lista de extranjeros que jugaban en Italia complementaba a los astros locales reuniéndose de esa manera plantillas de auténtico ensueño cargadas de rutilantes genios del balón. El fútbol movía en aquel país grandes sumas de dinero y las mejores ofertas económicas siempre llegaban desde Italia.
Los integrantes de la Quinta del Buitre escucharon cantos de sirena del país transalpino y Ramón Mendoza tuvo encima de la mesa ofertas por varios de ellos. Tenían muy buen cartel en Italia. Butragueño se había adjudicado dos veces el Trofeo Bravo de la revista Guerin Sportivo y el Real Madrid había ganado dos Copas de la UEFA superando en ambas ocasiones espectaculares eliminatorias con el Inter de Milán. También en Copa de Europa dieron cuenta de la Juventus de Platini y del Nápoles de Maradona. A pesar de ello, el Buitre, Míchel y Sanchís no se movieron del Madrid. Martín Vázquez fue el único que probó suerte en el Calcio.
Probablemente era el mejor de la Quinta del Buitre, pero se sentía un poco como el 'patito feo' de aquel grupo. A Martín Vázquez le costó encontrar su sitio en el equipo durante sus tres primeras temporadas en la primera plantilla mientras que sus compañeros Butragueño, Míchel y Sanchís se convirtieron muy pronto en titulares indiscutibles. "Estoy harto de ser la eterna promesa", declaraba en una entrevista publicada por el semanario As Color en marzo de 1987.
Al finalizar aquella temporada 1986-87 el jugador ya tuvo que afrontar una negociación para renovar su contrato que no estaba nada clara, puesto que Martín Vázquez quería jugar y no deseaba renovar para estar en el banquillo. Finalmente, el futbolista fue entrando cada vez más en el equipo y renovó, aunque a la baja, hasta el año 1990. La verdad es que era un jugadorazo y para Beenhakker también acabó siendo pieza fundamental en las alineaciones. En 1987 debutó con la Selección y a partir de la temporada 1987-88 fue ya fijo en el once del Real Madrid.
Temporada 1989-90
Como ya comenté aquí en 'Historias del Real Madrid', la temporada 1989-90 fue la mejor campaña de Rafael Martín Vázquez con la camiseta blanca. El peso del jugador en el equipo fue de menos a más con el paso de los años y en aquella campaña 89-90 Martín Vázquez fue un jugador clave en el equipo de los 107 goles. De hecho, fue el segundo anotador de la escuadra por detrás del Pichichi Hugo Sánchez.
Martín Vázquez terminaba su contrato aquella misma temporada y el asunto de su renovación se fue enturbiando con el paso de los meses llegando a derivar en una agria polémica que distanció al presidente Ramón Mendoza y al entorno del jugador, representado por su padre.
"Quiero seguir en el Madrid, pero no tengo un pelo de tonto", rezaba el titular de una entrevista al jugador publicada el 11 de marzo de 1990 por el semanario de ABC 'Blanco y Negro'. El futbolista, a dos meses de finalizar la temporada, reconocía que no había acuerdo. "Todo está aún en el aire. Mi deseo es quedarme. Lo más importante, aunque la gente no se lo crea, no es el dinero. Lo principal es sentirme querido, bien considerado, a gusto. No decidiré nada hasta el término de la Liga. Y punto", aseguraba Martín Vázquez.
Por lo que leo revisando todo el material que tengo archivado de la época, Martín Vázquez insistía una y otra vez en que el dinero no era lo importante y que si no terminaba renovando su contrato no sería por razones monetarias. Sin embargo, está claro que en el punto económico había discrepancias profundas. Y que detrás de todo este asunto estaban las ofertas que llegaban desde Italia.
"En las reuniones que tuvimos para negociar mi renovación hubo discrepancias de dinero. Creo que el presidente no supo valorarme. De todas formas, no guardo rencor a nadie. Cada uno busca sus intereses, el presidente y el club los suyos, y yo, los míos. No hablo de culpables. Es una decisión mía y creo que acertada", respondía el propio jugador en una entrevista publicada por la desaparecida revista Fortuna Sports en julio de 1990. En aquella entrevista, realizada durante la concentración de la Selección española en Italia, durante el Mundial, Martín Vázquez insistió en varias ocasiones en restar peso al papel que jugó el dinero en su marcha del Bernabéu. "Aunque la gente piense lo contrario, no soy ningún pesetero. En la vida hay cosas más importantes que el dinero. En el Madrid no me he sentido valorado en la medida que, en mi opinión, merecía. Lógicamente, esto ha influido bastante para tomar la decisión", aseguraba Martín Vázquez.
Fuese así o no, lo cierto es que el público entendió que si no renovaba con el Madrid era simplemente por dinero. Y, claro, la tomó con el jugador. Durante la recta final de la temporada, pese a que el 10 del Madrid lo estaba haciendo muy bien, cada balón perdido, cada error cometido sobre el césped despertaba el murmullo y los silbidos. "Ante todo los futbolistas somos personas. Personas como un director de banco, un ejecutivo o un panadero. Tenemos sentimientos, como el resto de la gente, aunque tenemos la suerte de contar con el reconocimiento público. Pero cuando lo realmente importante, el amor o el cariño, te fallan, lo demás, y hablo del éxito, del dinero, de la fama, pasan a un segundo plano muy profundo", argumentaba el jugador.
Estaba claro que la crispación no le debía ayudar mucho a un Martín Vázquez que tanto insistía en pedir reconocimiento a su labor. Reclamaba cariño de su afición. Si en su lugar lo que escuchaba eran silbidos... el clima no debía incentivar mucho a la renovación. En la entrevista a Fortuna Sport, Martín Vázquez aseguraba que la decisión definitiva de marcharse del Madrid la tomó "tras el partido de Liga frente al Oviedo en el Bernabéu".
La aventura italiana
El lunes 7 de mayo, el mismo día en el que el seleccionador español Luis Suárez hacía pública la lista de 22 jugadores que formarían el combinado que disputaría el Mundial, Rafa Martín Vázquez, que por supuesto estaba entre los seleccionados, anunciaba ya de manera oficial que no seguiría en el Real Madrid. Su futuro estaba en el mismo país en el que se jugaría la Copa del Mundo. Italia.
En 1990, antes de que Martín Vázquez recalase en el Calcio, sólo seis jugadores españoles habían probado fortuna en Italia. Juan Santisteban, Luis Suárez, Luis del Sol, Joaquín Peiró, Ricardo Gallego y Víctor Muñoz. Él sería el séptimo.
En el Torino, que acababa de ascender a la Serie A, el equivalente a nuestra Primera División, Martín Vázquez se convirtió en el segundo jugador mejor pagado del fútbol italiano sólo por detrás de Maradona. Se trasladó a Turín con su familia para vivir en la casa que su nuevo club le puso a disposición. Su recibimiento fue multitudinario.
El destino es tan caprichoso que en abril de 1992, en las semifinales de la Copa de la UEFA, el Real Madrid quedó emparejado con el Torino. El encuentro de ida se jugó en el Bernabéu el 1 de abril. Martín Vázquez volvía a la que había sido su casa y el recibimiento, las cosas como son, no fue muy favorable para el jugador. El público no le había perdonado su marcha y fue muy duro con el madrileño cada vez que tocó el balón. Ganó el Madrid 2-1, que remontó el gol inicial de los italianos por mediación de un tanto de Hagi y un cabezazo de Hierro. Y, sí, aquel partido fue el que Juanito fue a ver a Madrid la noche que se mató en aquel maldito accidente de tráfico cuando volvía a Mérida. En el encuentro de vuelta, jugado el 15 de abril en el Stadio delle Alpi, el Torino remontó la eliminatoria ganando 2-0 y accediendo a su primera final europea de la historia. Su rival, el Ajax, acabó imponiéndose en la Final a doble partido al empatar 2-2 en Italia y ceder un empate a cero en Holanda.
En aquella segunda temporada en Italia el Torino había fichado al belga Enzo Scifo en lo que muchos interpretaron como una falta de confianza del club hacia su jugador mejor pagado, razón por la que, supuestamente, el conjunto turinés fichaba a otro futbolista de renombre y contrastada calidad.
Sus críticos interpretaron el paso de Martín Vázquez por Italia como un "fracaso". Sin embargo, lo cierto es que el jugador fue titular los dos años que pasó en el Torino, equipo recién ascendido desde la Serie B, no lo olvidemos, y que con Martín Vázquez en sus filas fue subcampeón de la Copa de la UEFA y terminó quinto clasificado de la Serie A en la temporada 1990-91 y tercero en la 1991-92.
Regreso a España
Aunque tenía tres años de contrato, en el verano de 1992, al término de su segunda campaña, el Olympique de Marsella pagó un suculento traspaso al Torino por hacerse con los servicios de Martín Vázquez. No obstante, aunque los franceses habían puesto mucho empeño en el fichaje del español resultó que el futbolista casi no contó para el entrenador del conjunto galo.
Así las cosas, cuando en el mes de octubre de 1992 se abrieron las puertas del Real Madrid el jugador no dudó en regresar. Aquel mismo verano, además, se había casado con su novia Patricia, por lo que la posibilidad de volver a casa y encontrar de nuevo la estabilidad era una oportunidad que no se podía desaprovechar. Atrás quedaron los reproches y desencuentros. Ramón Mendoza y el jugador hicieron las paces. Se trataba de un matrimonio de conveniencia en el que salió ganando el Real Madrid, que era lo más importante. Recuerdo con mucha alegría la vuelta de Martín Vázquez a España. Al equipo le venía fenomenal la inyección de calidad que el jugador le podía aportar y en lo profesional y personal para Rafa supongo que también fue una gran satisfacción.
El 18 de octubre de 1992, en la séptima jornada de aquella Liga 1992-93, Rafael Martín Vázquez volvía a enfundarse la camiseta blanca del Real Madrid en el campo de Las Gaunas, frente al Logroñés. Ganó 0-3 el conjunto de Benito Floro y el primer gol del partido lo marcó... Martín Vázquez.
Repaso a la trayectoria de la Selección en la Copa del Mundo de 1990
Domingo 17 de junio de 1990. Minuto 80 del encuentro que enfrentaba a las selecciones de España y Corea del Sur. Balón centrado al área de los asiáticos y Roberto, de cabeza, baja el balón que acaba en los dominios de José Miguel González, Míchel, que se ha incorporado corriendo desde atrás. El jugador, con el dorsal 21 a la espalda, regatea a dos defensores coreanos ante la mirada de un tercero, encara a portería y suelta un latigazo con su pierna mala, la izquierda, para cruzar el balón al palo largo y anotar gol. Es el 1-3 para España y el tercer tanto en la cuenta particular de Míchel que celebra su 'hat trick' con rabia. Corrió hacia la banda y lanzó un grito que quedó para el recuerdo. ¡Me lo merezco!
Aquel gol de Míchel es el mejor recuerdo que conservo del Mundial de Italia. Pero detrás de aquella efusiva celebración había una historia no muy agradable que a mí, que era un crío, se me escapaba. Por aquella época el fútbol se ceñía estrictamente a los partidos. No seguía lo que había y lo que pasaba 'alrededor'. De haberlo seguido seguramente habría entendido por qué Míchel celebró con tanta saña sus tres goles a Corea del Sur. En aquel Mundial de Italia, en torno a la Selección, empecé a descubrir que pasaban 'cosas alrededor' de los equipos de fútbol.
Pero empecemos por el principio. Domingo 6 Mayo de 1990. Concluye un Campeonato de Liga que ya conocía el nombre de su campeón desde hacía un mes, cuando el Real Madrid certificó en Valladolid su quinto título de la regularidad consecutivo. Faltaba casi un mes exacto para que el balón comenzara a rodar en Italia. Tiempo más que suficiente para preparar la cita mundialista.
El lunes 7 de mayo, el seleccionador Luis Suárez hizo pública la lista de los 22 jugadores que, salvo baja de última hora, defenderían los colores de España en aquel Mundial. La lista estaba compuesta por Zubizarreta, Ablanedo y Ochotorena como porteros, Chendo, Jiménez, Andrinua, Sanchís, Quique Sánchez Flores, Alkorta, Gorriz y Hierro como defensas, Martín Vázquez, Fernando, Villarroya, Roberto, Bakero, Rafa Paz y Míchel como centrocampistas, Pardeza, Butragueño, Julio Salinas y Manolo como delanteros.
La sorpresa de última hora fue la inclusión de Rafa Alkorta, joven central del Athletic Club que aún no era internacional. Se cayeron de la lista Buyo, Luis Milla, que había desaparecido de las alineaciones del Barcelona desde el mes de abril por el contencioso que mantenía con Cruyff a causa de su no renovación, y Eusebio Sacristán.
Aquel 7 de mayo, por cierto, Rafael Martín Vázquez hizo público lo que hacía meses que se llevaba barruntando. Abandonaba el Real Madrid. Aún no se conocía el nombre del equipo en el que acabaría recalando, pero estaba claro que si dejaba el Madrid era para marcharse al Calcio. Digo que no se conocía el nombre del equipo... oficialmente. Todo apuntaba a que el destino estaba en Turín. Dedicaré una entrada exclusiva a la marcha de Martín Vázquez. En cualquier caso, recojo este apunte para ponernos en antecedentes.
Rumbo a Italia
El jueves 17 de mayo, la expedición española se trasladó a Italia, concretamente a la localidad de Tarvisio, donde iniciaría el periodo de aclimatación y preparación. En Italia, Luis Suárez se encontraba en su segunda casa. El Balón de Oro de 1960 jugó durante doce años en el Calcio con las camisetas del Inter de Milán y la Sampdoria.
Había optimismo de cara a aquel campeonato. Después de la decepción que había supuesto el Mundial celebrado en España en 1982, el combinado nacional había ido de menos a más. Con Miguel Muñoz como seleccionador España fue Subcampeona en la Eurocopa de 1984 y cuajó una gran actuación en el Mundial de México de 1986. Los penaltis nos privaron de acceder a las semifinales. Si bien es cierto que la Eurocopa del 88 había sido un paso atrás, Italia 90 era una nueva oportunidad para seguir la senda marcada en el 86. Había buenos jugadores y el nuevo seleccionador, Luis Suárez, había liderado una brillante Fase de Clasificación. ¿Qué más se podía pedir?
Yo entonces no lo sabía, pero las cosas empezaron a torcerse un poco ya durante aquella fase de preparación. España jugó un partido amistoso contra Yugoslavia... sí, contra Yugoslavia... Y ganó. 1-0 con gol de Butragueño tras jugada de Manolo. Tengo que reconocer que no me acuerdo absolutamente de nada de aquel partido que se jugó el 26 de mayo. Ni siquiera sé si se llegó a televisar. Casi seguro que ni lo vi. El caso es que, pese a la victoria, el nivel de juego no debió de ser muy boyante. Más bien lo contrario. Y empezaron a surgir críticas. Ni habíamos empezado a competir todavía... Faltaban tres semanas.
Durante aquellas tres semanas que transcurrieron hasta el debut oficial de España el ambiente se deterioró. Sobre todo en lo que respecta a las relaciones entre jugadores y prensa. Tras el amistoso frente a Yugoslavia y las pachangas que se realizaron frente a equipos locales de la zona las críticas fueron constantes y se centraron sobre todo en la defensa y en el centro del campo.
El viernes 8 de junio arrancaba el Mundial con el Argentina-Camerún, como recordaba ayer, pero España no jugaba su primer partido hasta el miércoles 13 de junio. Con la competición oficial ya en marcha y a la espera de aquel primer partido, el clima de tensión fue en aumento y es evidente que hubo ruptura total entre los componentes de la Selección y los periodistas. Repasando todo el material que tengo recopilado de aquellos días no hay ninguna duda de que las ruedas de prensa fueron muy tensas y que tanto el seleccionador Luis Suárez como varios de los jugadores más emblemáticos estaban ya en el punto de mira. En el caso del entrenador incluso habían salido a la palestra asuntos personales sobre supuestos tejemanejes con la empresa que había gestionado y organizado el lugar de concentración para el combinado español.
A mí, por supuesto, todas aquellas polémicas me quedaban muy lejos. Aunque muy pronto me empezarían a sonar. A mí lo que me interesaba era el fútbol. Los jugadores, el balón, el partido... Aquello era lo que a mí me gustaba. Los problemas que había 'alrededor' no eran de mi incumbencia. El primer rival para España era Uruguay. Aquello era lo importante. Que el balón empezase a rodar para los nuestros... Y el balón, por fin, empezó a rodar. Aunque no de la manera que nos hubiese gustado a todos.
Empate con Uruguay
La Selección no empezó con buen pie su andadura mundialista. Ni mucho menos. Tengo que reconocer que el partido de España fue muy malo. De aquel partido quedará para el recuerdo la indumentaria de los españoles, que jugaron con su clásica camiseta roja de Le Coq Sportif pero con pantalón y medias blancas.
El partido se jugó a las 17.00 horas y se retransmitió por la Segunda Cadena de TVE, no se me olvida. Hoy resultaría casi imposible pensar que un encuentro de ese calibre no se emitiese por La Primera. Pero por aquella época, finales de los ochenta y principios de los noventa, los espacios deportivos eran un clásico de lo que hoy sería La Dos. Incluso recuerdo ver partidos del Real Madrid en Copa de Europa por la segunda cadena de TVE. La narración, como no, a cargo del inolvidable José Ángel de la Casa y en los comentarios dos de nuestras leyendas que, por desgracia, ya no están con nosotros: Juan Gómez 'Juanito', y Alfredo Di Stefano.
Lo peor no fue el empate en sí, que no era malo del todo. Lo peor fue que la imagen ofrecida por el equipo distaba mucho de ser la de una escuadra candidata al título. En el primer tiempo lo más peligroso que hicieron estuvo en un disparo cruzado de Butragueño que se marchó fuera. Los uruguayos, sin embargo, enviaron un balón al larguero. En el segundo tiempo los charrúas crearon mucho más peligro que los de Suárez. A lo largo de los noventa minutos Uruguay sacó cinco saques de esquina y España sólo uno.
Para colmo, Uruguay falló un penalti. En el minuto 72 Villarroya sacó bajo palos un espectacular cabezazo que ya era gol. Pero se ayudó con la mano para evitar el tanto y el colegiado señaló el punto fatídico. Rubén Sosa, al que habíamos visto en nuestra Liga defendiendo los colores del Zaragoza, colocó el balón y se dispuso a ejecutar la pena máxima. En ese momento, mi padre soltó un clásico comentario que repitió siempre cada vez que se disponían a tirarle un penalti a Zubizarreta: "Con la venia".
Como seguidor del Barcelona, mi padre conocía perfectamente al meta vasco y sabía que los lanzamientos desde los once metros no eran su especialidad. "Con la venia" es una expresión jurídica que equivale a "con su permiso" y con la que se pide permiso para intervenir. "Con la venia, Señoría" sería la expresión completa. De esta forma, cuando un lanzador le iba a tirar un penalti a Zubi, con la Selección o con el Barcelona, mi padre decía con ironía lo de "con la venia", dando por hecho que el balón iba a entrar a gol y que el lanzador le pedía permiso a Zubizarreta para anotar.
Aquel era uno de los dos clásicos comentarios que le escuchaba a mi padre en los partidos. El otro era el de llamar "tragador" a Julio Salinas cuando fallaba una ocasión clara de gol con el Barcelona. Y claro, cuando jugaba con la Selección también se lo llamaba.
El caso es que Uruguay tenía un penalti a favor, Zubizarreta estaba bajo los palos y si el partido no tenía buena pinta podía ponerse aún peor con el 1-0 de los sudamericanos. Pero, para fortuna de los nuestros, ¡Rubén Sosa mandó el balón por encima del larguero! ¡Menudo salto pegamos en mi casa! Al final resultó que el penalti había sido el mal menor, puesto que, insisto, Villarroya sacó el balón bajo palos y era gol seguro.
Recuerdo que aquel fue el único momento de alegría de un partido en el que, por primera vez, recuerdo sentirme algo molesto por los comentarios de mi padre dirigidos hacia jugadores del Real Madrid. Aquel día, el "tragador" no era Julio Salinas si no Butragueño. Pero la peor parte se la llevaban Míchel y Martín Vázquez. Por supuesto no era la primera vez que veía a mi padre 'rajar' del Real Madrid o de jugadores blancos. Yo lo asumía como algo normal desde que era pequeño. Pero sí que recuerdo que en aquel Mundial de Italia 90 empezaron a dolerme ciertos comentarios y descalificaciones. Yo era un crío y para mí toda aquella generación de la Quinta del Buitre eran auténticos ídolos. Para mí el fútbol era un juego, una diversión, un entretenimiento... Pero, en aquel verano de 1990, empecé a percibir que había... algo más alrededor del fútbol. Algo más...
Los comentarios de mi padre no eran nada en comparación con la que debió de caer después del partido. La prensa, enfrentada con el combinado ya desde antes del partido, no ahorró descalificativos después del encuentro. El partido fue malo y, honestamente, se mereció perder aquel día con Uruguay. El problema es que Luis Suárez y los jugadores se llevaron palos por todos los lados. Y algunos más que otros. Con Míchel se fue especialmente cruel. No voy a recitar los adjetivos que se le dedicaron desde varios medios de comunicación. Tengo un montón de recortes guardados. Lo más suave que se le llamó fue "jubilado" y lo más fuerte... Como por aquella época yo, por supuesto, aún no seguía la radio deportiva, no sé qué se les diría desde las ondas, pero me lo imagino. Especialmente por parte de cierto periodista radiofónico.
"Me lo merezco"
Con este panorama tan desalentador, la espera hasta el siguiente partido no debió ser agradable en el seno del equipo español. El siguiente rival nos lleva al partido con el que empecé la entrada. Cuatro días después del empate ante Uruguay, el domingo 17 de junio, España se medía a Corea del Sur. Prueba de que el empate no había sido malo era que un triunfo frente a los asiáticos le dejaba a España el pase a la siguiente ronda bastante encarrilado a falta de jugarse el partido contra Bélgica, el otro equipo del Grupo E. Aquel día, las cosas les salieron bien a los españoles. Sobre todo a uno, al más criticado tras el empate con Uruguay. José Miguel González Martín del Campo firmó su mejor actuación con la camiseta de España que vistió en 66 ocasiones.
No sé por qué motivo, pero recuerdo que aquel partido lo vi yo solo en la habitación de mi cuarto. Parece que me veo allí sentado encima de la cama delante de un portátil Sanyo a color en el que disfruté viendo los goles de Míchel. ¡Los golazos, mejor dicho!
En el primero, anotado en el minuto 23, remató de volea y al palo contrario un centro desde la izquierda de Villarroya. España estaba jugando bien, pero en las postrimerías del primer tiempo Corea del Sur empató con otro golazo. Fue una falta sacada en corto con la que un coreano soltó un potente y espectacular disparo desde fuera del área que se coló por la escuadra de Zubizarreta. Ni idea de quién marcó. Sólo sé que no era Kim Joo Sung, Caballo Loco, la estrella de aquel equipo. No pasaba nada. En la segunda parte, y también a balón parado, Míchel se encargó de volver a poner por delante a España. El 21, también desde fuera del área, transformó un lanzamiento de falta directa que entró ajustado al palo de la portería rival. Otro golazo por la escuadra. Míchel, al igual que en el primer gol, celebró la consecución del tanto con muchísima vehemencia. Era el minuto 61. Y en el 80' llegó la célebre acción con la que abría la presente entrada. Tercer gol de Míchel y celebración que fue clara y nítidamente captada por los micrófonos ambiente durante la retransmisión en directo: ¡Me lo merezco!
Aquel ¡Me lo merezco! era la particular revancha de Míchel hacia quienes le habían vilipendiado durante los últimos días. Es decir, casi todos. De ahí la rabia que soltó aquel día. Muchos, sin embargo, aprovecharon precisamente aquel gesto para seguir dándole palos, acusando al madridista de "chulo, prepotente"... Bueno, en realidad lo que siempre le llamaron sus detractores, que los tuvo muchos. Incluso en el Santiago Bernabéu, como se puso de manifiesto aquel día en el que abandonó el terreno de juego en pleno partido al acabar la Liga 1988-89.
Revancha con Bélgica
El triunfo frente a Corea del Sur supuso una tregua en el ambiente de la Selección. Para cerrar la primera fase había que jugar frente a Bélgica, el equipo que nos eliminó cuatro años antes en México. Si ganábamos éramos primeros de grupo. Y así fue. España se 'vengó' de lo del 86 y aunque los belgas seguían en la competición eran los de Luis Suárez los que pasaban como primeros de grupo. Un pase de Butragueño a Julio Salinas concluyó con penalti del meta belga Preudhomme sobre el delantero. La pena máxima la ejecutó Míchel, que anotaba su cuarto tanto del Mundial y se colaba entre los grandes goleadores de la cita. Poco duró la alegría ya que los belgas empataron casi de inmediato en un lanzamiento de falta que desvió ligeramente la barrera para que el balón cambiase de trayectoria y entrara a gol. Aún no se había alcanzado el ecuador del partido cuando España volvió a adelantarse. Míchel sacó un lanzamiento de falta cerca del banderín del córner y el defensa realista Alberto Gorriz cabeceó a la red anotando el 2-1 que reflejaba el marcador al descanso.
En el segundo tiempo Bélgica trató de apretar aunque los de Suárez jugaron aquel día un partido muy serio. Aún así, Genar Andrinua cometió un penalti que le daba a los belgas la oportunidad de empatar. Una vez más, mi padre, con el que sí que vi aquel día el partido, pronunció su célebre "con la venia". Y, de nuevo, la fortuna se puso de nuestro lado a la hora del lanzamiento de castigo. Rubén Sosa había mandado el balón alto por encima del travesaño y Scifo lo estrelló en el larguero. El 2-1 seguía vigente en el marcador de un partido en cuya segunda mitad tuvimos ocasiones para haber ampliado la renta. Sobre todo en las botas de Julio Salinas. Aquel día, por tanto, mi padre pudo utilizar su otra muletilla preferida. "¡Pero qué tragador!", se desesperaba mi progenitor.
Este partido frente a Bélgica del jueves 21 de junio de 1990 pasó a la historia por un curioso dato. En el minuto 88 Miguel Pardeza saltó al terreno de juego en sustitución de Julio Salinas. Aquel fue el único partido de la Selección jugado por los cinco integrantes de la Quinta del Buitre. Sin embargo, Butragueño había abandonado el terreno de juego en el minuto 82, por los que los cinco canteranos madridistas no llegaron a coincidir todos juntos sobre el césped, algo que hubiera redondeado la anécdota.
Después de tantas críticas y tantos palos resultó que el equipo había ido de menos a más y se había clasificado para los octavos de final como primero de grupo. El rival sería Yugoslavia, que había sido segunda del Grupo D. El partido se disputaría el martes 26 de junio.
Yugoslavia y a casa
El encuentro frente a Yugoslavia lo recuerdo con tristeza. Frente a Uruguay habíamos jugado mal. Pero ante Yugoslavia jugamos muy bien. De verdad, recuerdo que fue un partido con muchas oportunidades de gol. Lo malo es que aquel día mi padre pronunció lo de "tragador" demasiadas veces y no sólo por Julio Salinas. Aquella ya no era una fase de grupos. Eran los octavos de final. El que perdía se marchaba a casa. Al descanso nos fuimos con 0-0.
En la segunda parte el guion seguía los mismos pasos. España ponía el fútbol, llegaba... pero no finalizaba. Butragueño envió un cabezazo al poste y tanto Míchel como Martín Vázquez estuvieron especialmente activos. Sobre todo el segundo. Aquel día Rafa hizo un gran encuentro. Recuerdo especialmente una jugada en la que dribló a tres defensas yugoslavos y lanzó un fuerte disparo que se marchó desviado al lateral de la red. Si llega a entrar...
Y claro, tanto perdonar... ya se sabe lo que pasa. En el minuto 78, Dragan Stojkovic anotó el primer gol del partido en una de las pocas llegadas que protagonizaron los yugoslavos. Qué injusticia. No lo merecían. Pero el fútbol era así. A falta de doce minutos para el final estábamos fuera del Mundial. España lo siguió intentando y en casa reclamamos un penalti sobre Salinas que el árbitro no concedió. Y en el minuto 83, por fin, España vio puerta. Míchel envió un pase al área que recibió Martín Vázquez. El madrileño centró raso al área pequeña y allí llegó Julio Salinas para empujar el balón al fondo de las mallas. Mi padre y yo gritamos de alegría con el empate. En unos minutos pasamos de estar eliminados a forzar, al menos la prórroga. Seguíamos con vida.
Sin embargo, a los dos minutos de iniciarse el tiempo extra, Yugoslavia anotó su segundo gol. De nuevo Dragan Stojkovic fue el ejecutor al transformar magistralmente un lanzamiento de falta directa que se coló por la escuadra de la portería de Zubizarreta. Nuevamente teníamos polémica con Míchel, puesto que en aquel lanzamiento a balón parado el madridista formaba parte de la barrera y movió la cabeza pasando el esférico a su lado. Se le acusó de apartarse para que la pelota no le golpease en la cara y se le culpó de la derrota.
El cansancio y el cronómetro pasaron a jugar en nuestra contra en un partido que, por justicia, habíamos merecido ganar de manera clara durante el tiempo reglamentario. Pero el fútbol tiene estas cosas. Se trata de hacer goles y los yugoslavos hicieron uno más que nosotros. Uno gana y el otro pierde. Los yugoslavos pasaban a cuartos de final, donde se medirían a la Argentina de Maradona. Y a España... le tocaba hacer las maletas. A casa...
Epílogo
Aquel partido frente a Yugoslavia fue muy significativo para mí. Me dolieron mucho los comentarios de mi padre hacia Míchel, Martín Vázquez, Butragueño... Aquel día, por primera vez, recuerdo que constaté algo extraño... Pese a que todos apoyábamos a la Selección, los clubes de procedencia de los futbolistas pesaban a la hora de verter críticas y señalar culpables. Así pues, para mi padre era muy fácil atizar a los madridistas, que salieron muy tocados del Mundial de Italia. Y todo por caer eliminados en un partido en el que ni por asomo merecimos perder.
Pero aquello no se tuvo en cuenta. Las críticas fueron feroces de nuevo, como tras el encuentro frente a Uruguay pero con el añadido de que la derrota frente a Yugoslavia había significado la eliminación. A Luis Suárez le llovieron los palos desde la prensa y se puso en entredicho su capacidad para dirigir al combinado nacional. Los jugadores recibieron también su parte, focalizándose la ira sobre los componentes de la Quinta del Buitre. Se les trató de fracasados, así de simple.
Sé que no soy nada objetivo en lo que voy a manifestar, lo sé. Pero tengo que escribirlo tal y como lo pienso: Creo que había mucha gente esperando la caída de España con los cuchillos afilados. Había muchas cuentas pendientes con aquellos jugadores y aquellos tropiezos, como los que sufrimos en el Real Madrid en Copa de Europa, fueron aprovechados por quienes querían ajustar cuentas con Butragueño, Míchel, Sanchís, Martín Vázquez y compañía.
Ninguno de ellos volvió a jugar una gran cita con la Selección. Luis Suárez siguió en el cargo a duras penas pero fue relevado por Vicente Miera un año más tarde, en 1991. Fueron tiempos muy convulsos para un equipo nacional que no llegó ni a clasificarse para la Eurocopa de 1992.
En Italia las cosas acabaron francamente mal. Entonces no me enteré, pero tiempo después, recolectando material de la época para mi archivo, descubrí que el regreso de la expedición española a Madrid desde Italia fue absolutamente bochornoso. En el aeropuerto de Barajas había gente esperando a los jugadores, que fueron increpados con insultos de grueso calibre que no me da la gana reproducir aquí. Martín Vázquez, que ya había vivido un calvario en sus últimos meses en el Madrid a causa del tema de las negociaciones de su renovación, tuvo que escuchar de todo. "Pesetero" fue lo más suave que le dedicaron. Con el seleccionador fueron igual de duros. Tan duros como se estaba siendo desde unos medios de comunicación que ya por aquel entonces parecían no tener interés en trasladar a la opinión pública la idea de que esto era un deporte. Seguramente había cosas más importantes que quedar eliminados de un Mundial de fútbol. Pero aquella eliminación no fue encajada con naturalidad.
Con España fuera, no me quedó más remedio que seguir a Camerún. Pero los africanos, revelación del torneo, como señalaba ayer, cayeron en cuartos frente a Inglaterra. Los ingleses, a su vez, cayeron con los alemanes. Y es que, como dijo Gary Lineker, "el fútbol es un juego simple: veintidós hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes siempre ganan".
Y así fue. Alemania salió vencedora de aquel Mundial de hace ahora veinticinco años. Mi primer Mundial en directo. Un Mundial que, pese a los reveses que padecieron los nuestros, siempre recordaré por los cameruneses y por los goles de Míchel a Corea del Sur. Se lo merecía.