lunes, 6 de julio de 2015

VERANO DE 1990

Cuando las cosas empezaron a cambiar...

El verano de 1990 marcó un antes y un después de mi percepción personal del fútbol. Es curioso, pero el paso de la infancia a la adolescencia también supuso que empezara a ver las cosas de otra manera también en el mundo del balompié que tanto me había entusiasmado desde bien pequeño.

Al mismo tiempo, en aquel verano de hace veinticinco años, hubo cambios en la plantilla del Real Madrid que, con el paso del tiempo, se confirmaron como muy poco acertados. A las bajas de Schuster y Martín Vázquez se unieron las del meta Agustín, que dejaba el Real Madrid tras diez temporadas en el primer equipo, Esteban, que recalaba en el Zaragoza y Óscar Alfredo Ruggeri. El capítulo de altas estuvo compuesto por el rumano Hagi, Villarroya, Pedro Jaro, Luis Milla y el yugoslavo Predrag Spasić. Los canteranos Santi Aragón y Juanjo Maqueda se quedaban en el primer equipo tras volver al Club después de un año cedidos en el Logroñés. Ambos ya habían debutado con el Madrid en la temporada 1987-88.

Sin lugar a dudas, las bajas de Martín Vázquez y Bernd Schuster pesaron más de lo que debían pensar desde el club y Spasić no recuerdo que mejorara en nada a Ruggeri. Más bien al contrario. El central yugoslavo, que se había enfrentado a la Selección de España en el Mundial de Italia en aquel fatídico partido para los nuestros, no ofreció las prestaciones que se le presuponían. Para colmo, su jugada más recordada de la única campaña que vistió la camiseta blanca fue un autogol en el Nou Camp con el que acabó de cabar su propia tumba como jugador blanco. La verdad es que tuvo muy mala suerte con nosotros.

El resto de nuevas incorporaciones, además, no terminaron de cuajar. A Hagi le costó adaptarse a España y aunque su segunda temporada en el Madrid fue fabulosa, en su primera campaña no terminó de funcionar hasta la llegada de Radomir Antić. Villarroya era un jugador voluntarioso y trabajador, pero creo que le faltaba nivel para brillar en el Madrid. Pedro Jaro era un buen portero, pero salvo algunos partidos y algunos breves periodos de tiempo, siempre estuvo a la sombra de Paco Buyo que, curiosamente, en los años noventa vivió una segunda juventud convirtiéndose en pilar básico del Real Madrid.

Y Luis Milla tuvo una mala suerte terrible. El turolense, que abandonó el Barcelona para jugar en el Bernabéu, no llevaba ni tres semanas como madridista cuando, en plena pretemporada, se destrozó la rodilla. "Rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda y menisco", señalaba el parte médico de un jugador al que perdíamos prácticamente para toda la temporada pese a las esperanzas que había depositadas en él para llevar la batuta de juego del conjunto de Toshack. Reapareció en la recta final del campeonato.

Tiempos duros

Aquella lesión, sin duda, fue un mal augurio de lo que sería aquella temporada 1990-91 en la que iniciaríamos un periodo de vacas flacas que se prolongaría hasta que en 1995 volvimos a ganar la Liga. Por el medio, títulos esporádicos y palos. Muchos palos. Demasiados, diría yo.

Creo que alguna vez ya he comentado que el Madrid de inicios de los noventa murió de éxito. Después de cinco años en los que no encontramos rival en el campeonato español, la sensación debía de ser la de que, se hiciese lo que se hiciese, las cosas saldrían bien. Se demostró que no era así, claro. Y nos dimos cuenta por las malas.

En lo personal, recuerdo que incluso aquella temporada 1990-91 no sufrí tanto el hecho de que se dejara de ganar la Liga. No me gustó, claro. Pero quizás después de cinco años seguidos de triunfos no había tanta urgencia de títulos. Quizás aquello venía bien para motivarse de nuevo y volver con fuerza de cara a la temporada 1991-92. Con lo que no contaba yo era con que las cosas terminarían saliendo tan mal. Aquella primera Liga perdida en Tenerife me hizo llorar por primera vez en mi vida a causa del fútbol.

Hasta el verano de 1990 me había tomado el fútbol como tenía que tomármelo, como una afición, una distracción y un entretenimiento. No me tomaba a mal las derrotas. Ni siquiera las de la Copa de Europa, que tantos lamentos provocaban en la prensa y que tan mal se tomaban los aficionados "mayores". Pero a partir de 1990, empecé a verlo de otra manera. Las críticas contra el equipo empezaron a dolerme y a sentarme mal. Los comentarios de mi padre, a los que hacía caso omiso durante mi infancia, empezaron a dolerme. Y las derrotas, por supuesto, también empezaron a dolerme.

Los años de éxitos y esplendor de la Quinta del Buitre se quebraron con la llegada de la década de los noventa y empecé a desarrollar el 'Síndrome del Transworld Sport' que ya expliqué aquí en su día. Aquellos primeros años de la década de los noventa fueron muy duros para los aficionados. Las derrotas, los títulos que se escaron en los últimos minutos, decisiones erróneas como aquel cese de Radomir Antic...

Sin embargo, de aquellos malos tiempos salió reforzado mi espíritu madridista. Cuanto más nos criticaban, más orgulloso me sentía. Cuantos más palos nos daban, más madridista me sentía. Cuanto más reían de nosotros, más ganas tenía de que ganáramos... Cuando perdíamos, más ganas tenía de que nos volviésemos a levantar.

Es muy fácil ser hincha de un equipo cuando gana. Pero hay que estar a las duras y a las maduras. Al fin y al cabo, y no lo olvido nunca, cuando empecé a seguir al Real Madrid, ni el Club ni el equipo atravesaban su mejor momento. El primer lustro de los ochenta tampoco fue fácil para los madridistas y fue entonces cuando comencé a seguir al equipo. Lo más fácil hubiera sido haberme hecho del Athletic Club, que era quien dominaba la Liga. O del Barcelona, que fue quien tomó el testigo en la campaña 1984-85. Le hubiera dado una alegría a mi padre, además. Pero no. Había tomado el camino menos fácil en aquellos momentos y me hice de "los de la camiseta de Zanussi"

Y elegí bien. Ya algo más de tres décadas después de aquello, me sigo sintiendo muy orgulloso. Hasta en los malos tiempos, que los habido. Como aquellos que empezaron en el verano de 1990. Y es que, en el deporte, no siempre se gana.

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